En 2017 me encargaron el proyecto más grande de mi vida.
No tenía ni idea de lo que me venía encima.
Decenas de audiolibros.
Más de treinta locutores.
Un plazo que no admitía excusas.
Trabajé cuatro meses sin dormir.
Catorce, dieciséis horas al día.
Y aun así, fallé en cosas. No voy a decir que fue un éxito redondo porque no lo fue.
Pero aprendí lo que no está escrito en ningún manual.
Lo que aprendí a las malas
Aprendí que no todas las voces aguantan diez horas de grabación.
Algunas se rompen en la tercera. Y cuando eso pasa a mitad de un proyecto, el problema es tuyo, no del locutor.
Aprendí que la edición es el doble de trabajo que la grabación.
Por cada hora de audio final, hay tres o cinco horas de edición detrás. Limpiar respiraciones, corregir errores, igualar volúmenes, eliminar ruidos de boca. Todo.
Aprendí que, una vez grabado el audiolibro, una segunda persona debe «puntear» el audio para comprobar que el locutor no se ha dejado alguna palabra o frase o haya algún error en la locución. O sencillamente, ha perdido el ritmo o no entona bien una palabra.
Aprendí que Audible no perdona. El Noise Floor tiene que ser absoluto. Los picos y el RMS tienen que estar dentro de unos márgenes matemáticos. La consistencia entre el capítulo 1 y el capítulo 15 tiene que ser exacta aunque se hayan grabado con semanas de diferencia. Un fallo y rechazan meses de trabajo.
Aprendí que el casting no es elegir una voz bonita. Es elegir una voz que aguante, que interprete, que no aburra en el capítulo dos y que encaje con el tono exacto del libro. No existe una voz estándar que valga para todo.
Aprendí también que hay locutores que dicen «sí, mañana lo acabo» durante semanas.
Al final del proyecto, agotada, con todo entregado, un locutor de Latinoamérica dejó un audiolibro sin terminar. No contestaba. O contestaba con promesas que nunca llegaban.
Fue uno de los momentos más angustiosos de todo el proyecto.
Menos mal que teníamos una norma clara: se paga a la entrega del audio. Sin audio, sin pago. Esa norma me salvó entonces y sigue siendo innegociable hoy.
Y por si faltaba algo, a última hora añadieron más audiolibros que no estaban previstos en el encargo original. Sin previo aviso. Simplemente aparecieron en la lista. Así, sin más. Cuando ya estaba al límite.
Fue una locura absoluta.
Lo que cambió después
Acabé ese proyecto enferma. Cuatro meses sin dormir tienen consecuencias.
Pero también acabé siendo otra profesional.
Hoy cada audiolibro que produzco lleva ese aprendizaje encima.
Por eso solo acepto tres proyectos al mes. Para revisar cada respiración, cada matiz y cada segundo de audio yo misma.
Por eso entrego archivos listos para Audible a la primera. Porque sé exactamente lo que Audible rechaza — lo sé porque me lo rechazaron a mí.
Por eso lo primero que te pregunto no es el género ni el número de páginas. Es si tu libro ya vende. Porque un audiolibro no resucita libros.
Todo lo que exijo hoy, lo aprendí entonces.
A las malas.